El abuelo era un niño cuando aprendió a querer el mar. En casa no sobraba dinero para hoteles ni para una noche de playa, así que su padre decidió regalarles el día entero. Salían de madrugada —aún con las estrellas encima— los once en la misma marcha: él, su esposa y sus nueve hijos rumbo a Tuxpan.
Pasaban la jornada completa sobre la arena: la comida envuelta de casa, los juegos sin reloj, el sol encima, las carreras entre las olas y la risa que no se agotaba. Al atardecer, antes de volver, se detenían en la cascada para quitarse la sal del cuerpo. Llegaban a casa cansados, descalzos, felices. No alcanzó para cenar fuera. No alcanzó para hotel. Alcanzó para toda una vida de recuerdos.
décadas después
Muchos años después —ya con sus propias familias, sus propias historias— tres de aquellos hermanos regresaron. Esta vez tomaron el camino más largo, el que lleva a Barra de Galindo. Encontraron la playa casi como la soñaron de niños: virgen, sin hoteles, con el mar entrando limpio y el silencio acomodado entre las palmeras.
Compraron el terreno sin pensarlo dos veces. Y con el paso del tiempo, levantaron piedra sobre piedra, techo sobre techo, para que sus hijos y sus nietos pudieran quedarse a dormir frente al mar lo que ellos, de niños, no pudieron. Villas Pura Vida es eso: la noche de playa que el abuelo nunca tuvo, abierta ahora para tu familia.